El ferrocarril vuelve a ganar protagonismo en América Latina y el Caribe, una región donde por décadas primó el transporte carretero como columna vertebral de la conectividad. Impulsados por la necesidad de reducir costos logísticos, mejorar la competitividad y apostar por soluciones más sostenibles, gobiernos y privados han comenzado a reactivar proyectos ferroviarios que estaban postergados o en pausa.
La región observa con atención el impacto que pueden tener estas inversiones en la integración comercial y en la transición hacia infraestructuras más limpias. En Brasil, el país con la red ferroviaria más extensa del continente, los planes de expansión avanzan de la mano del sector minero y agrícola, que busca garantizar corredores eficientes hacia los puertos de exportación. El proyecto de la Ferrogrão, pensado para unir Mato Grosso con el estado de Pará, es uno de los más emblemáticos, aunque enfrenta cuestionamientos medioambientales. La apuesta brasileña refleja el interés en un modelo donde la carga a granel, especialmente granos y minerales, es el motor de la inversión.
México también ha situado al ferrocarril en el centro de su política de infraestructura. El Tren Maya, pese a las controversias que suscita, es uno de los proyectos más visibles, tanto por su escala como por la promesa de conectar regiones históricamente rezagadas en términos de movilidad y desarrollo turístico. Paralelamente, el Tren Interoceánico busca consolidar una alternativa logística al Canal de Panamá, uniendo los puertos de Salina Cruz, en el Pacífico, y Coatzacoalcos, en el Atlántico.
En el Cono Sur, Argentina y Chile exploran fórmulas para recuperar parte del protagonismo ferroviario perdido en las últimas décadas. En Argentina, las inversiones se orientan a modernizar tramos clave para el transporte de granos, mientras que en Chile destacan las iniciativas de trenes suburbanos para mejorar la conectividad en la Región Metropolitana y entre Santiago y Valparaíso. Ambos países enfrentan el desafío de equilibrar las necesidades de transporte de carga con las demandas de movilidad urbana.
Centroamérica
En Centroamérica y el Caribe, las apuestas son más incipientes, pero no menos relevantes. Costa Rica ha relanzado su proyecto de tren eléctrico para la Gran Área Metropolitana de San José, buscando aliviar la congestión vial y avanzar hacia un sistema de transporte sostenible. En República Dominicana, el metro y las expansiones ferroviarias urbanas marcan la pauta de un modelo que prioriza la movilidad de pasajeros en entornos urbanos densamente poblados.
Los organismos multilaterales han comenzado a jugar un rol decisivo en este resurgimiento ferroviario. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la CAF –Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe– han identificado al ferrocarril como una pieza clave para la transición logística de la región. El financiamiento externo se convierte en un factor esencial para proyectos que requieren grandes inversiones iniciales y que, en muchos casos, tienen horizontes de rentabilidad a largo plazo.
Aun así, los desafíos son evidentes. La falta de planificación a escala regional, los conflictos socioambientales, las limitaciones presupuestarias y la necesidad de modernizar tecnologías son obstáculos que persisten.
Pese a ello, el ferrocarril vuelve a figurar en la agenda como símbolo de un cambio en la manera de concebir la infraestructura en América Latina y el Caribe: no sólo como un medio de transporte, sino como un catalizador de desarrollo económico, social y ambiental.





