Reforzar la competitividad automotriz, clave para empleo y crecimiento económico

La industria de la automoción ha sido tradicionalmente uno de los pilares industriales más importantes del mundo, generando empleo, innovación tecnológica y contribuciones significativas al PIB de múltiples economías. Sin embargo, en los últimos años, esta posición de liderazgo se ha visto seriamente desafiada por la presión competitiva global, la transición tecnológica a vehículos eléctricos (VE) y las disrupciones en las cadenas de suministro.

Por ejemplo, según publica McKinsey & Company, la industria automotriz europea ha perdido más de 13 puntos porcentuales de cuota de mercado desde 2017 y la rentabilidad media de proveedores ha caído de 7,4 % a 5,1 %, reflejando una erosión constante de su competitividad frente a rivales globales. Un factor clave detrás de esta necesidad de revitalización es la intensa competencia de fabricantes internacionales, particularmente de China, donde las empresas automotrices han ampliado su producción con costes más bajos y estrategias agresivas de expansión global. Esta competencia ha llevado a reducciones de precios y tensiones en sectores locales fuera de China, obligando a países y regiones a imponer aranceles o restricciones para proteger su industria. Además, recientes medidas regulatorias en China buscan frenar las guerras de precios que han perjudicado la rentabilidad a largo plazo del sector.

La transición hacia vehículos eléctricos (VE) ha sido otro motor de presión competitiva. Si bien las ventas globales de VE continúan creciendo, grandes fabricantes tradicionales como Ford y Stellantis han reportado pérdidas significativas al intentar adaptar sus modelos y cadenas de valor, evidenciando que no basta con incrementar las ventas; también es imprescindible asegurar la rentabilidad y la eficiencia en esta nueva etapa. Esta transformación requiere inversiones sustanciales en tecnologías de baterías, sistemas electrónicos y software, áreas donde competidores emergentes han tomado ventaja.

Más allá de la presión externa, factores internos como la falta de flexibilidad en la producción y la dependencia de proveedores globales para componentes críticos (por ejemplo, semiconductores) han debilitado la competitividad. Según análisis sectoriales, el ecosistema automotriz europeo satisface solo alrededor del 70 % de su demanda de semiconductores con producción local, lo que expone a fabricantes a riesgos de interrupciones y costos elevados. Esto subraya la importancia de fomentar cadenas de suministro más resilientes y la adopción de tecnologías avanzadas para reducir costos y mejorar tiempos de fabricación.

La competitividad también tiene un impacto directo en el empleo y el tejido industrial. La industria automotriz europea, por ejemplo, sostiene millones de empleos directos e indirectos, y su debilitamiento ha estado acompañado de despidos y reducciones de producción en proveedores clave, lo que pone en riesgo no solo puestos de trabajo sino también la capacidad de innovación regional. Reactivar la competitividad implicaría no solo preservar empleos, sino también invertir en formación y reconversión laboral para preparar a la fuerza laboral frente a tecnologías de movilidad más avanzadas.

Finalmente, el restablecimiento de la competitividad de la industria automotriz es una necesidad estratégica para mantener el dinamismo económico, la seguridad tecnológica y la autonomía industrial a largo plazo.

Esto requiere una combinación de inversión en innovación, políticas públicas que favorezcan la adaptación tecnológica, cooperación entre gobiernos y empresas, y estrategias que fortalezcan tanto las capacidades locales como el acceso a los mercados internacionales. Sin una acción coordinada en estas áreas, la industria corre el riesgo de perder relevancia frente a actores globales cada vez más agresivos y eficientes.

Fuente: McKinsey & Company

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